Ponencia Seleccionada
Desmontar el blanqueamiento desde una antropología sintiente
Al cuestionar la negación afectiva en la formación de antropologxs se busca desmontar el blanqueamiento de la antropología que sustentada en la colonialidad del conocimiento y de la afectividad ha disciplinado las maneras de hacer ciencia y construir conocimiento. En esta ponencia narraré parte de mi viaje emocional y epistémico que me llevó a construir desde una antropología sintiente y los retos de construir un conocimiento éticamente situado.
De esta manera desarrollaré lo que entiendo como el blanqueamiento de la antropología. La antropología fue una herramienta clave (y lo sigue siendo) para la construcción del Estado mexicano que mediante la ideología mestiza y pigmentocrática generó las condiciones para la construcción de la identidad nacional. En este proceso las poblaciones originarias fueron clasificadas bajo la categoría de indígenas, borrando sus particularidades lingüísticas, territoriales y culturales (Bonfil,1972). Las políticas públicas fueron erigiendo la categoría de “indio” para despojarlos de ser sujetos de derecho. Para que lo anterior fuese posible se requierió de una distancia epistémico-afectiva como parte de un dispositivo colonial que ha moldeado tanto la subjetividad de quienes hacen antropología, como la manera en que se construye conocimiento antropológico.
La objetivación de lo otro, es decir, de las poblaciones indígenas, sus saberes, culturas y cuerpos, fue una consecuencia de este distanciamiento que la antropología, especialmente la que trabaja para el Estado, adoptó como parte de su “racionalidad científica”. Esta actitud de superioridad está fuertemente enraizada en la colonialidad del saber y del ser (Maldonado Torres, 2007; Restrepo y Rojas, 2010; Guerrero, 2010) que jerarquiza los conocimientos occidentales por encima de los conocimientos ancestrales y comunitarios, produciendo epistemicidios. Sin embargo, la objetivación del otro trascendió a las poblaciones indígenas y se extendió en diversos sectores de la sociedad, dando pie a distintas segregaciones con base en la clase, la heteronormatividad, el racismo y el patriarcado.
En consecuencia, propongo que la sutileza del poder se refiere a las expresiones de persuasión cotidianas, socioafectivas de los procesos de dominación y disciplinamiento emocional y corporal, donde el blanqueamiento y otras formas de dominación se despliegan y construyen. Son los procesos ocultos, sofisticados y naturalizados de aprendizaje y reproducción de valores, creencias y emociones asociadas a la dominio, racismo, patriarcado y estratificación social. Las formas encarnadas en las que el poder se impone, se normaliza y se vuelve deseable. La sutileza del poder; es decir, los procesos de persuasión emocional cotidianos que actúan para normalizar entre otras cosas, el despojo y, la construcción de cuerpos y territorios desechables para alcanzar el desarrollo económico. Esta perspectiva hace posible comprender que la afectividad es un campo de disputa política donde se sedimentan y cuestionan estructuras de dominación, por tanto la sutileza del poder es una manifestación de los regímenes emocionales de opresión contemporáneos que ejercen tanto violencia directa, como la cooptación y persuasión cotidiana, arena donde emociones como el desprecio, el odio y el miedo son fundamentales.
De esta manera trataré de responder ¿cómo se traduce en la práctica una antropología sintiente? ¿qué desafíos éticos y metodológicos emergen cuando el cuerpo y las emociones en la antropóloga se reconocen como parte constitutiva del proceso de investigación? ¿de qué manera podemos desmantelar los dispositivos de distancia epistémico-afectiva que nuestra disciplina ha normalizado? ¿qué ejemplos actuales permiten observar la persuasión emocional cotidiana como mecanismo de normalización del racismo, el patriarcado o el clasismo en la vida social y académica?
De esta manera desarrollaré lo que entiendo como el blanqueamiento de la antropología. La antropología fue una herramienta clave (y lo sigue siendo) para la construcción del Estado mexicano que mediante la ideología mestiza y pigmentocrática generó las condiciones para la construcción de la identidad nacional. En este proceso las poblaciones originarias fueron clasificadas bajo la categoría de indígenas, borrando sus particularidades lingüísticas, territoriales y culturales (Bonfil,1972). Las políticas públicas fueron erigiendo la categoría de “indio” para despojarlos de ser sujetos de derecho. Para que lo anterior fuese posible se requierió de una distancia epistémico-afectiva como parte de un dispositivo colonial que ha moldeado tanto la subjetividad de quienes hacen antropología, como la manera en que se construye conocimiento antropológico.
La objetivación de lo otro, es decir, de las poblaciones indígenas, sus saberes, culturas y cuerpos, fue una consecuencia de este distanciamiento que la antropología, especialmente la que trabaja para el Estado, adoptó como parte de su “racionalidad científica”. Esta actitud de superioridad está fuertemente enraizada en la colonialidad del saber y del ser (Maldonado Torres, 2007; Restrepo y Rojas, 2010; Guerrero, 2010) que jerarquiza los conocimientos occidentales por encima de los conocimientos ancestrales y comunitarios, produciendo epistemicidios. Sin embargo, la objetivación del otro trascendió a las poblaciones indígenas y se extendió en diversos sectores de la sociedad, dando pie a distintas segregaciones con base en la clase, la heteronormatividad, el racismo y el patriarcado.
En consecuencia, propongo que la sutileza del poder se refiere a las expresiones de persuasión cotidianas, socioafectivas de los procesos de dominación y disciplinamiento emocional y corporal, donde el blanqueamiento y otras formas de dominación se despliegan y construyen. Son los procesos ocultos, sofisticados y naturalizados de aprendizaje y reproducción de valores, creencias y emociones asociadas a la dominio, racismo, patriarcado y estratificación social. Las formas encarnadas en las que el poder se impone, se normaliza y se vuelve deseable. La sutileza del poder; es decir, los procesos de persuasión emocional cotidianos que actúan para normalizar entre otras cosas, el despojo y, la construcción de cuerpos y territorios desechables para alcanzar el desarrollo económico. Esta perspectiva hace posible comprender que la afectividad es un campo de disputa política donde se sedimentan y cuestionan estructuras de dominación, por tanto la sutileza del poder es una manifestación de los regímenes emocionales de opresión contemporáneos que ejercen tanto violencia directa, como la cooptación y persuasión cotidiana, arena donde emociones como el desprecio, el odio y el miedo son fundamentales.
De esta manera trataré de responder ¿cómo se traduce en la práctica una antropología sintiente? ¿qué desafíos éticos y metodológicos emergen cuando el cuerpo y las emociones en la antropóloga se reconocen como parte constitutiva del proceso de investigación? ¿de qué manera podemos desmantelar los dispositivos de distancia epistémico-afectiva que nuestra disciplina ha normalizado? ¿qué ejemplos actuales permiten observar la persuasión emocional cotidiana como mecanismo de normalización del racismo, el patriarcado o el clasismo en la vida social y académica?