Ponencia Seleccionada
Anclajes de la memoria: ancestralidad y territorio en la diáspora armenia
En 2015 regresé al pueblo del centro de Turquía del que había salido mi abuelo como sobreviviente del Genocidio Armenio (1915–1923). Según los relatos familiares, su madre, incapaz de soportar la masacre del resto de la familia, se suicidó junto al río llevándose consigo a los hermanos menores de mi abuelo. Fue el único sobreviviente y, con el tiempo, encontró refugio en México. Ni él ni ningún otro miembro de mi familia regresó jamás a Perry, su pueblo de origen.
Al momento de mi visita, la Iglesia Apostólica Armenia había canonizado a las víctimas del genocidio como santos, lo que produjo una resignificación profunda del lugar, que se transformó en un sitio de martirio, investido sacralidad. Ahora es un lugar de peregrinaje y duelo íntimo, de memoria que honra a mis ancestros y articula una relación viva con el pasado.
Este sitio funciona como una forma de conexión con una historia que no se presenta como idealización nostálgica, sino como una herramienta política y espiritual que otorga coherencia a la autopercepción familiar y, por extensión, a la identidad colectiva armenia. Existe un vínculo profundo entre mis ancestros y este territorio hoy prohibido -al encontrarse en un Estado que niega el genocidio y obstaculiza el retorno armenio-, vínculo que resulta fundamental tanto para los procesos de sanación histórica como para el fortalecimiento del sentido de pertenencia.
Si bien la ancestralidad es criticada por su tendencia a la idealización del pasado, esta ponencia propone que dichas narrativas deben entenderse como dispositivos epistemológicos y políticos que permiten el autorreconocimiento frente a relatos que intentaron borrar o negar la existencia de un pueblo. La ancestralidad se revela como una práctica activa de memoria, indispensable para disputar el sentido de la historia y afirmar la continuidad de una comunidad marcada por la violencia genocida.
Al momento de mi visita, la Iglesia Apostólica Armenia había canonizado a las víctimas del genocidio como santos, lo que produjo una resignificación profunda del lugar, que se transformó en un sitio de martirio, investido sacralidad. Ahora es un lugar de peregrinaje y duelo íntimo, de memoria que honra a mis ancestros y articula una relación viva con el pasado.
Este sitio funciona como una forma de conexión con una historia que no se presenta como idealización nostálgica, sino como una herramienta política y espiritual que otorga coherencia a la autopercepción familiar y, por extensión, a la identidad colectiva armenia. Existe un vínculo profundo entre mis ancestros y este territorio hoy prohibido -al encontrarse en un Estado que niega el genocidio y obstaculiza el retorno armenio-, vínculo que resulta fundamental tanto para los procesos de sanación histórica como para el fortalecimiento del sentido de pertenencia.
Si bien la ancestralidad es criticada por su tendencia a la idealización del pasado, esta ponencia propone que dichas narrativas deben entenderse como dispositivos epistemológicos y políticos que permiten el autorreconocimiento frente a relatos que intentaron borrar o negar la existencia de un pueblo. La ancestralidad se revela como una práctica activa de memoria, indispensable para disputar el sentido de la historia y afirmar la continuidad de una comunidad marcada por la violencia genocida.