Simposio Seleccionado
Vivir, sentir y medir la violencia Aproximaciones antropológicas a los homicidios dolosos en el Occidente de México
Reconociendo que la violencia es un fenómeno de múltiples caras y anclajes en las distintas realidades históricas y sociales (y que) para descifrar su complejidad es necesario segmentarla en modalidades significativas (Ferrández y Feixa, 2004:159), este espacio de análisis se centra en la privación intencional de la vida, especialmente de jóvenes, una de las expresiones más (in) humanas de la violencia.
Se invita a problematizar narrativas construidas por autoridades municipales en distintas ciudades del Occidente de México y contrastarlas con las experiencias, percepciones y significados que la población atribuye a la violencia en su vida cotidiana. De modo paralelo se discuten las estadísticas oficiales con la manera en que esos datos son procesados por personas de diversos componentes sociales vinculados con esta problemática.
Colima y Michoacán son dos entidades que se han distinguido por compartir una alta incidencia delictiva, puertos convertidos en focos rojos (Manzanillo y Lázaro Cárdenas), presencia del Cartel Jalisco Nueva Generación y que con Jalisco y Guanajuato son identificados como espacios de intensa actividad de grupos delincuenciales que trafican drogas, hidrocarburos y personas. En unos estados y otros es común conocer opiniones oficiales que imputan a la entidad vecina la causalidad de la violencia y, al mismo tiempo, emergen colectivos ciudadanos que cuestionan las posiciones gubernamentales y/o partidistas. Colima, con una población de 744,603 habitantes y 622 homicidios en 2025 sobresale en el nivel más alto por su tasa de 83.53 homicidios por cada cien mil habitantes, mientras que Michoacán, con 4,950,601 habitantes y 1,267 homicidios presenta una tasa de 25.59 y una tendencia a la disminución en este delito de alto impacto. Colima agrega a su distinción la tasa más alta de homicidios dolosos de mujeres en México, con 22.21 víctimas por cada 100 mil habitantes.
Es relevante considerar que Michoacán se convierte en un laboratorio peculiar para cotejar la producción discursiva del "Plan Michoacán por la Paz y la Justicia" con la percepción de su población.
De ese modo, la expresión “yo tengo otros datos” cobra mayor significación y el simposio invita a analizar cómo frente a estos eventos las instancias gubernamentales construyen información que no es compartida por los ciudadanos sin que eso nos lleve a suponer que el incremento en la frecuencia o en el nivel de violencia en determinados grupos sociales sea motivado por una modificación de nuestros umbrales de sensibilidad moral, cuestión discutida por Garriga y Noel, 2010:100).
Tesis, propuestas y/o avances de investigación apoyados en metodologías cualitativas y/o mixtas acerca de cómo se vive, se siente y se mide la privación intencional de la vida de otros serán compartidas con los colegas que, como nosotros, estamos (pre) ocupados con Girard meditando: ¿lo que somos deriva de nuestra conducta violenta? en consecuencia, los discursos caminaran alejados de los hechos y no debemos generar expectativas positivas del plan de paz?
Se invita a problematizar narrativas construidas por autoridades municipales en distintas ciudades del Occidente de México y contrastarlas con las experiencias, percepciones y significados que la población atribuye a la violencia en su vida cotidiana. De modo paralelo se discuten las estadísticas oficiales con la manera en que esos datos son procesados por personas de diversos componentes sociales vinculados con esta problemática.
Colima y Michoacán son dos entidades que se han distinguido por compartir una alta incidencia delictiva, puertos convertidos en focos rojos (Manzanillo y Lázaro Cárdenas), presencia del Cartel Jalisco Nueva Generación y que con Jalisco y Guanajuato son identificados como espacios de intensa actividad de grupos delincuenciales que trafican drogas, hidrocarburos y personas. En unos estados y otros es común conocer opiniones oficiales que imputan a la entidad vecina la causalidad de la violencia y, al mismo tiempo, emergen colectivos ciudadanos que cuestionan las posiciones gubernamentales y/o partidistas. Colima, con una población de 744,603 habitantes y 622 homicidios en 2025 sobresale en el nivel más alto por su tasa de 83.53 homicidios por cada cien mil habitantes, mientras que Michoacán, con 4,950,601 habitantes y 1,267 homicidios presenta una tasa de 25.59 y una tendencia a la disminución en este delito de alto impacto. Colima agrega a su distinción la tasa más alta de homicidios dolosos de mujeres en México, con 22.21 víctimas por cada 100 mil habitantes.
Es relevante considerar que Michoacán se convierte en un laboratorio peculiar para cotejar la producción discursiva del "Plan Michoacán por la Paz y la Justicia" con la percepción de su población.
De ese modo, la expresión “yo tengo otros datos” cobra mayor significación y el simposio invita a analizar cómo frente a estos eventos las instancias gubernamentales construyen información que no es compartida por los ciudadanos sin que eso nos lleve a suponer que el incremento en la frecuencia o en el nivel de violencia en determinados grupos sociales sea motivado por una modificación de nuestros umbrales de sensibilidad moral, cuestión discutida por Garriga y Noel, 2010:100).
Tesis, propuestas y/o avances de investigación apoyados en metodologías cualitativas y/o mixtas acerca de cómo se vive, se siente y se mide la privación intencional de la vida de otros serán compartidas con los colegas que, como nosotros, estamos (pre) ocupados con Girard meditando: ¿lo que somos deriva de nuestra conducta violenta? en consecuencia, los discursos caminaran alejados de los hechos y no debemos generar expectativas positivas del plan de paz?