Ponencia Seleccionada
Vida urbana y otredad: categorías y prácticas para un urbanismo feminista centrado en los cuidados y la igualdad
Las ciudades contemporáneas se presentan como espacios diversos y democráticos, pero esta imagen suele ocultar profundas desigualdades. El feminismo, siguiendo a Silvia Federici, ha revelado que el capitalismo no produce prosperidad sino escasez y jerarquías, las cuales se inscriben también en el espacio urbano.
La tradicional división entre lo público y lo privado responde a una lógica patriarcal que invisibiliza problemas y trabajos asociados al ámbito doméstico. Por ello, el urbanismo feminista resulta clave para transformar las condiciones que estructuran la vida urbana. Hoy las ciudades priorizan el trabajo productivo y el consumo, relegando actividades esenciales como el descanso, la socialización o el trabajo reproductivo. Espacios públicos sin lugares para cuidar, conversar o simplemente estar demuestran esa omisión.
Repensar la ciudad desde una perspectiva de género implica situar la vida y los cuidados en el centro, visibilizando labores históricamente asumidas por las mujeres y redistribuyendo su responsabilidad. No se trata de añadir servicios que faciliten la triple jornada femenina, sino de crear entornos que reconozcan el valor del cuidado como tarea colectiva y pública. El urbanismo feminista propone romper la idea de que las mujeres deben cuidar gratuitamente y plantea articular redes comunitarias que compartan estas labores.
Esta mirada entiende la ciudad como diversa y no jerárquica, incorporando diferencias de género, edad, origen, capacidades o condiciones socioeconómicas. Frente al urbanismo tradicional, basado en la zonificación y alejado de la vida cotidiana, propone reconocer los trayectos complejos que realizan mayoritariamente las mujeres y crear centralidades vinculadas a los cuidados. Como afirma Blanca Gutiérrez Valdivia, se trata de diseñar “una ciudad que te cuida”: accesible, segura, sostenible y capaz de sostener la vida cotidiana de todas las personas.
La tradicional división entre lo público y lo privado responde a una lógica patriarcal que invisibiliza problemas y trabajos asociados al ámbito doméstico. Por ello, el urbanismo feminista resulta clave para transformar las condiciones que estructuran la vida urbana. Hoy las ciudades priorizan el trabajo productivo y el consumo, relegando actividades esenciales como el descanso, la socialización o el trabajo reproductivo. Espacios públicos sin lugares para cuidar, conversar o simplemente estar demuestran esa omisión.
Repensar la ciudad desde una perspectiva de género implica situar la vida y los cuidados en el centro, visibilizando labores históricamente asumidas por las mujeres y redistribuyendo su responsabilidad. No se trata de añadir servicios que faciliten la triple jornada femenina, sino de crear entornos que reconozcan el valor del cuidado como tarea colectiva y pública. El urbanismo feminista propone romper la idea de que las mujeres deben cuidar gratuitamente y plantea articular redes comunitarias que compartan estas labores.
Esta mirada entiende la ciudad como diversa y no jerárquica, incorporando diferencias de género, edad, origen, capacidades o condiciones socioeconómicas. Frente al urbanismo tradicional, basado en la zonificación y alejado de la vida cotidiana, propone reconocer los trayectos complejos que realizan mayoritariamente las mujeres y crear centralidades vinculadas a los cuidados. Como afirma Blanca Gutiérrez Valdivia, se trata de diseñar “una ciudad que te cuida”: accesible, segura, sostenible y capaz de sostener la vida cotidiana de todas las personas.