Ponencia Seleccionada
Experiencias corporales por pérdida ocular y uso de prótesis estética: análisis de una vulnerabilidad invisible
La pérdida de un ojo y, por ende, la visión tienen efectos tanto en la cotidianidad como en la corporalidad que vincula el ser y el estar en el mundo social. Este estudio de corte cualitativo, con un análisis desde la antropología interpretativa-crítica, se llevó a cabo para explorar las experiencias de pérdida, discapacidad, uso de prótesis estéticas y atención de las personas con esta condición en un hospital público de la Ciudad de México.
La dramática reconfiguración de los itinerarios del curso de vida se inicia en el momento en que el evento causal de la pérdida (violencia, trauma o enfermedad) ocurre en la niñez o en la adultez. El proceso de adaptación corpoespacial se da paulatinamente, gracias a la funcionalidad del ojo conservado, sin apoyo biomédico, en solitario y en sus contextos de vida particulares.
Este cuerpo incompleto se presenta ahora para intervenir en las relaciones de las esferas familiares, escolares, laborales y comunitarias, en las cuales se experimentan protección y compasión, así como acoso escolar y laboral por parte de actores externos, pero también prácticas sociales propias de aislamiento, afrontamiento y resiliencia. Esta experiencia corporal también reformula el sentido del ser y del estar bajo la condición y la imagen corporal amputadas.
La prótesis ocular, como dispositivo estético ofrecido por la institución pública, funciona como un paliativo para acercarse a una “normalidad” corporal y a la imagen previa de sí mismos, logrando, en muchas ocasiones, mimetizarse en la sociedad. A pesar de ello, las limitaciones para realizar cierto tipo de actividades persisten y colocan a estas personas en una situación de riesgo que dificulta mantener o mejorar su bienestar, evidenciando el deterioro de su condición de vida social y personal.
Por otro lado, aunque los participantes, en su mayoría, no se reconocen como personas con discapacidad, enfrentan obstáculos sociales y temores ante futuras afectaciones del ojo conservado. Esta vulnerabilidad se profundiza por la imposibilidad de acceder a una incapacidad permanente o recibir apoyos estatales, lo cual los margina de una vida digna y con inclusión.
Esta experiencia corporal sitúa a las personas en un proceso dual en el que el cuerpo personal y el social desean la invisibilidad, pero el cuerpo político desea el reconocimiento que proteja sus derechos.
Como parte de ese reconocimiento, las instituciones deben implementar respuestas integrales que trasciendan el cuerpo físico para atender la multidimensionalidad de la pérdida desde una perspectiva de derechos humanos.
La dramática reconfiguración de los itinerarios del curso de vida se inicia en el momento en que el evento causal de la pérdida (violencia, trauma o enfermedad) ocurre en la niñez o en la adultez. El proceso de adaptación corpoespacial se da paulatinamente, gracias a la funcionalidad del ojo conservado, sin apoyo biomédico, en solitario y en sus contextos de vida particulares.
Este cuerpo incompleto se presenta ahora para intervenir en las relaciones de las esferas familiares, escolares, laborales y comunitarias, en las cuales se experimentan protección y compasión, así como acoso escolar y laboral por parte de actores externos, pero también prácticas sociales propias de aislamiento, afrontamiento y resiliencia. Esta experiencia corporal también reformula el sentido del ser y del estar bajo la condición y la imagen corporal amputadas.
La prótesis ocular, como dispositivo estético ofrecido por la institución pública, funciona como un paliativo para acercarse a una “normalidad” corporal y a la imagen previa de sí mismos, logrando, en muchas ocasiones, mimetizarse en la sociedad. A pesar de ello, las limitaciones para realizar cierto tipo de actividades persisten y colocan a estas personas en una situación de riesgo que dificulta mantener o mejorar su bienestar, evidenciando el deterioro de su condición de vida social y personal.
Por otro lado, aunque los participantes, en su mayoría, no se reconocen como personas con discapacidad, enfrentan obstáculos sociales y temores ante futuras afectaciones del ojo conservado. Esta vulnerabilidad se profundiza por la imposibilidad de acceder a una incapacidad permanente o recibir apoyos estatales, lo cual los margina de una vida digna y con inclusión.
Esta experiencia corporal sitúa a las personas en un proceso dual en el que el cuerpo personal y el social desean la invisibilidad, pero el cuerpo político desea el reconocimiento que proteja sus derechos.
Como parte de ese reconocimiento, las instituciones deben implementar respuestas integrales que trasciendan el cuerpo físico para atender la multidimensionalidad de la pérdida desde una perspectiva de derechos humanos.