Ponencia Seleccionada
De álbumes olvidados a archivos vivos: “la foto-elicitación como método etnográfico para resignificar memorias familiares y reconstruir identidades migrantes”
La foto-elicitación, aplicada en contextos de apatridia y desplazamiento forzado, permite comprender que los documentos visuales oficiales no solo operan como registros administrativos, ya que a la vez son dispositivos que producen formas exclusión al inscribir al sujeto dentro de categorías específicas de pertenencia. En este sentido, la imagen institucional (como una cédula o un pasaporte) no solo identifica, algunas veces actúa como un mecanismo de clasificación que organiza la experiencia social y delimita las posibilidades de existencia dentro de un orden político determinado.
Este carácter productivo de la imagen resulta particularmente evidente en situaciones donde la identidad legal es negada o suspendida. La inscripción visual de la categoría “apátrida” no se limita a evidenciar una condición jurídica también interviene directamente en la constitución del sujeto, fijándolo en un lugar de no reconocimiento. Así, la imagen deja de ser un soporte pasivo y se convierte en un artefacto activo que participa en la producción de subjetividad, articulando la relación entre el individuo y las estructuras de poder que lo nombran, clasifican y regulan.
Sin embargo, esta lógica no es unívoca. En paralelo a los dispositivos visuales estatales, existen otras formas de producción de sentido que operan desde la experiencia cotidiana y la memoria. En este sentido, el archivo fotográfico familiar emerge como un espacio alternativo y refrescante donde la identidad no se fija, sino que se narra, se reconstruye y se resignifica. La foto-elicitación, en tanto método, permite activar este archivo y ponerlo en tensión con las representaciones oficiales, abriendo un campo de disputa simbólica donde se confrontan diferentes formas de ver, nombrar y existir.
En este sentido es fundamental desmitificar la noción de que las imágenes simplemente operan como representaciones de la realidad, desde la perspectiva de la economía visual, las imágenes deben entenderse como prácticas materiales insertas en redes históricas de relaciones sociales, donde ver y representar constituyen formas de intervención en el mundo y no simples actos de observación pasiva (Poole, 2000).
Esta formulación nos permite sostener que los documentos visuales oficiales que se mencionaron anteriormente no describen una realidad previa, sino que la producen activamente al inscribir al sujeto en una categoría administrativa específica, estos dispositivos configuran un régimen visual de reconocimiento que delimita quién pertenece y quién queda excluido. En este sentido, la imagen estatal no solo representa al sujeto, sino que lo constituye dentro de un orden simbólico donde la identidad es regulada por el poder institucional.
Este carácter productivo de la imagen resulta particularmente evidente en situaciones donde la identidad legal es negada o suspendida. La inscripción visual de la categoría “apátrida” no se limita a evidenciar una condición jurídica también interviene directamente en la constitución del sujeto, fijándolo en un lugar de no reconocimiento. Así, la imagen deja de ser un soporte pasivo y se convierte en un artefacto activo que participa en la producción de subjetividad, articulando la relación entre el individuo y las estructuras de poder que lo nombran, clasifican y regulan.
Sin embargo, esta lógica no es unívoca. En paralelo a los dispositivos visuales estatales, existen otras formas de producción de sentido que operan desde la experiencia cotidiana y la memoria. En este sentido, el archivo fotográfico familiar emerge como un espacio alternativo y refrescante donde la identidad no se fija, sino que se narra, se reconstruye y se resignifica. La foto-elicitación, en tanto método, permite activar este archivo y ponerlo en tensión con las representaciones oficiales, abriendo un campo de disputa simbólica donde se confrontan diferentes formas de ver, nombrar y existir.
En este sentido es fundamental desmitificar la noción de que las imágenes simplemente operan como representaciones de la realidad, desde la perspectiva de la economía visual, las imágenes deben entenderse como prácticas materiales insertas en redes históricas de relaciones sociales, donde ver y representar constituyen formas de intervención en el mundo y no simples actos de observación pasiva (Poole, 2000).
Esta formulación nos permite sostener que los documentos visuales oficiales que se mencionaron anteriormente no describen una realidad previa, sino que la producen activamente al inscribir al sujeto en una categoría administrativa específica, estos dispositivos configuran un régimen visual de reconocimiento que delimita quién pertenece y quién queda excluido. En este sentido, la imagen estatal no solo representa al sujeto, sino que lo constituye dentro de un orden simbólico donde la identidad es regulada por el poder institucional.