Ponencia Seleccionada
Destellos ácratas para alumbrar nuestro presente
Tengo 34 años, soy una señora y lo mío, lo mío es el pensamiento. Crítico. Conflictivo.
El pasado 8M asistí a la marcha que pintó de violeta el centro de la CDMX. Fui la sombra de mi compañera fotoperiodista; asistí por primera vez después de 5 años, la última vez en 2020. Nos encontramos con la rabia, la convicción y la alegría de las juventudes. Nos emocionamos por las adultas más adultas que nosotras, que se sumaron a la marcha cuidando de y siendo cuidadas por otras mujeres; nos asombramos de la inmensidad y la diversidad del río púrpura que se movía caudaloso por el lecho de las principales avenidas y entre las espléndidas jacarandas; nos alegramos de los sonidos para sacar la rabia bailando y nos conmovimos con las niñas fuertes y sonrientes que caminaban la marcha hacia su futuro. En contraste, me paralizó leer concomitantemente las pancartas: «Quiero que mi mamá reciba mi título de graduación y no mi certificado de defunción»; y «Si yo soy la siguiente [desaparecida], quiero ser la última».
Le conté a mi compañero, a un amigo, mi vehemente reticencia a sumarme a una consigna que ya avisoraba el infortunio y que colocaba la pérdida en el lugar del deseo; le expuse mi incapacidad de comprender los motivos de enunciar tantísimo desaliento en forma de protesta, así como mi ánimo por participar de un diálogo intergeneracional. Su respuesta, intuitiva o experiencial, me dejó momentáneamente helada: es, quizá, que lo que nos falta es esperanza.
O nutrir nuestra imaginación política, pensé yo. Quizá lo que nos hace falta es salpimentar nuestras prácticas de lo político con un poquito de anarquismo para que la vida digna que nos merecemos sea la que erijamos como horizonte emancipatorio.
En esta oportunidad de compartición, entonces, quisiera hacer interlocución con el pensamiento de Kropotkin, Louise Michel y Ricardo Flores Magón permitiéndonos distinguir sus aportaciones y contradicciones a la luz de nuestro presente.
Y me gustaría, también, introducir la experiencia de Vvandr Comunidad Sonora, del que soy cofundadora, como espacio cultural autogestivo que abreva de los pilares emancipatorios del anarquismo para alumbrar su camino más próximo.
El pasado 8M asistí a la marcha que pintó de violeta el centro de la CDMX. Fui la sombra de mi compañera fotoperiodista; asistí por primera vez después de 5 años, la última vez en 2020. Nos encontramos con la rabia, la convicción y la alegría de las juventudes. Nos emocionamos por las adultas más adultas que nosotras, que se sumaron a la marcha cuidando de y siendo cuidadas por otras mujeres; nos asombramos de la inmensidad y la diversidad del río púrpura que se movía caudaloso por el lecho de las principales avenidas y entre las espléndidas jacarandas; nos alegramos de los sonidos para sacar la rabia bailando y nos conmovimos con las niñas fuertes y sonrientes que caminaban la marcha hacia su futuro. En contraste, me paralizó leer concomitantemente las pancartas: «Quiero que mi mamá reciba mi título de graduación y no mi certificado de defunción»; y «Si yo soy la siguiente [desaparecida], quiero ser la última».
Le conté a mi compañero, a un amigo, mi vehemente reticencia a sumarme a una consigna que ya avisoraba el infortunio y que colocaba la pérdida en el lugar del deseo; le expuse mi incapacidad de comprender los motivos de enunciar tantísimo desaliento en forma de protesta, así como mi ánimo por participar de un diálogo intergeneracional. Su respuesta, intuitiva o experiencial, me dejó momentáneamente helada: es, quizá, que lo que nos falta es esperanza.
O nutrir nuestra imaginación política, pensé yo. Quizá lo que nos hace falta es salpimentar nuestras prácticas de lo político con un poquito de anarquismo para que la vida digna que nos merecemos sea la que erijamos como horizonte emancipatorio.
En esta oportunidad de compartición, entonces, quisiera hacer interlocución con el pensamiento de Kropotkin, Louise Michel y Ricardo Flores Magón permitiéndonos distinguir sus aportaciones y contradicciones a la luz de nuestro presente.
Y me gustaría, también, introducir la experiencia de Vvandr Comunidad Sonora, del que soy cofundadora, como espacio cultural autogestivo que abreva de los pilares emancipatorios del anarquismo para alumbrar su camino más próximo.