Ponencia Seleccionada
“Vivimos en narcopandemia”. Violencia cotidiana y el descenso a lo ordinario en contextos de violencia faccional intracriminal.
La literatura antropológica sobre violencia cotidiana ha mostrado que la exposición prolongada al daño no conduce necesariamente a la desorganización social, sino a la producción de formas situadas de adaptación que permiten la continuidad de la vida ordinaria en contextos de riesgo. Sin embargo, gran parte de estos análisis se han desarrollado en escenarios donde la violencia, aunque crónica, mantiene cierta estabilidad en sus actores, territorialidades y patrones de ocurrencia. Este supuesto resulta insuficiente para comprender contextos urbanos donde el orden violento se fragmenta y el riesgo se vuelve radicalmente intermitente.
Esta ponencia analiza el caso de la ciudad de Culiacán, Sinaloa, en el contexto reciente de enfrentamientos entre facciones de una misma red ilegal dedicada principalmente al narcotráfico. En este escenario, la violencia no opera como un régimen plenamente consolidado ni como una excepción claramente delimitada, sino como un continuum que irrumpe de manera discontinua e impredecible en la vida cotidiana. Esta condición plantea un problema analítico central: si la adaptación cotidiana a la violencia requiere cierto grado de previsibilidad, ¿qué ocurre cuando el orden violento se fragmenta y la violencia se vuelve intermitente, selectiva y territorialmente móvil?
A partir de trabajo etnográfico realizado en Culiacán, esta investigación examina cómo la población civil desarrolla saberes prácticos, disposiciones corporales y economías morales orientadas a reducir la exposición al riesgo. Estas prácticas incluyen estrategias de lectura del entorno, silencios estratégicos, reorganización de rutinas, encierro preventivo y desplazamientos temporales. No obstante, el análisis muestra que dichas formas de adaptación no logran estabilizar de manera duradera la vida cotidiana. Por el contrario, la violencia faccional genera episodios recurrentes en los que estas estrategias colapsan, produciendo momentos de pánico colectivo, interrupciones abruptas de la movilidad urbana y reconfiguraciones constantes de lo que, hasta ese momento, era percibido como “vida normal”.
Los resultados sugieren que, más que un proceso lineal de habituación, la vida cotidiana en contextos de violencia faccional intracriminal se caracteriza por regímenes inestables y reversibles de adaptación. La experiencia social del riesgo se configura así como un proceso dinámico en el que los habitantes negocian continuamente los límites entre normalidad y peligro, en un entorno marcado por la incertidumbre y la movilidad territorial de la violencia.
Al analizar estos procesos, la ponencia contribuye a ampliar el debate antropológico sobre violencia cotidiana al problematizar la noción misma de adaptación. En contextos donde la violencia no se estabiliza sino que interrumpe reiteradamente lo ordinario, las prácticas de adaptación deben entenderse no como formas consolidadas de normalización, sino como arreglos precarios que se reconfiguran constantemente frente a la inestabilidad del orden violento. Esta perspectiva permite comprender con mayor precisión las formas en que la población civil experimenta, interpreta y gestiona la violencia en escenarios urbanos atravesados por conflictos faccionales del crimen organizado.
Esta ponencia analiza el caso de la ciudad de Culiacán, Sinaloa, en el contexto reciente de enfrentamientos entre facciones de una misma red ilegal dedicada principalmente al narcotráfico. En este escenario, la violencia no opera como un régimen plenamente consolidado ni como una excepción claramente delimitada, sino como un continuum que irrumpe de manera discontinua e impredecible en la vida cotidiana. Esta condición plantea un problema analítico central: si la adaptación cotidiana a la violencia requiere cierto grado de previsibilidad, ¿qué ocurre cuando el orden violento se fragmenta y la violencia se vuelve intermitente, selectiva y territorialmente móvil?
A partir de trabajo etnográfico realizado en Culiacán, esta investigación examina cómo la población civil desarrolla saberes prácticos, disposiciones corporales y economías morales orientadas a reducir la exposición al riesgo. Estas prácticas incluyen estrategias de lectura del entorno, silencios estratégicos, reorganización de rutinas, encierro preventivo y desplazamientos temporales. No obstante, el análisis muestra que dichas formas de adaptación no logran estabilizar de manera duradera la vida cotidiana. Por el contrario, la violencia faccional genera episodios recurrentes en los que estas estrategias colapsan, produciendo momentos de pánico colectivo, interrupciones abruptas de la movilidad urbana y reconfiguraciones constantes de lo que, hasta ese momento, era percibido como “vida normal”.
Los resultados sugieren que, más que un proceso lineal de habituación, la vida cotidiana en contextos de violencia faccional intracriminal se caracteriza por regímenes inestables y reversibles de adaptación. La experiencia social del riesgo se configura así como un proceso dinámico en el que los habitantes negocian continuamente los límites entre normalidad y peligro, en un entorno marcado por la incertidumbre y la movilidad territorial de la violencia.
Al analizar estos procesos, la ponencia contribuye a ampliar el debate antropológico sobre violencia cotidiana al problematizar la noción misma de adaptación. En contextos donde la violencia no se estabiliza sino que interrumpe reiteradamente lo ordinario, las prácticas de adaptación deben entenderse no como formas consolidadas de normalización, sino como arreglos precarios que se reconfiguran constantemente frente a la inestabilidad del orden violento. Esta perspectiva permite comprender con mayor precisión las formas en que la población civil experimenta, interpreta y gestiona la violencia en escenarios urbanos atravesados por conflictos faccionales del crimen organizado.