Ponencia Seleccionada
“La etnografía multiposicional. Una propuesta metodológica investigando el Caso Ayotzinapa”
Este trabajo presenta reflexiones de orden metodológico y epistemológico derivadas del trabajo de campo con diversos actores sociales vinculados al Caso Ayotzinapa desde 2019 con el objetivo de cuestionar el rol de los investigadores insertos en contextos de violencia, suspicacia y pugna por la verdad resultado necesario emplear estrategias de investigación que permitan interpretar éticamente la pluralidad de perspectivas y comprender su dinamismo. Esto es, adoptando distintas posiciones según lo demande cada situación o relación particular, derivando en una propuesta por la multiposicionalidad en campo, la cual se define en la relación entre investigador y colaboradores.
En palabras de Judith Okely “la posicionalidad de los antropólogos tiene una relevancia crucial en términos de como el trabajador de campo se relaciona con las personas que se encuentra y cómo se crea conocimiento a partir de esos encuentros” (2012:36, traducción propia del original), y es que, los ritmos de trabajo de campo y la antropología son asíncronos.
Para Pamela Nilan (2002) la posicionalidad también tiene que ver con la legitimidad de los criterios que definen las instituciones académicas sobre el tipo de conocimiento aceptable en cada campo disciplinar, y destaca que en la antropología hay una mayor aceptación a la construcción teórica desde la reflexividad por la tradición etnográfica que la valida.
La etnografía como parte de un “aprender haciendo” en terrenos más o menos desconocidos y sus potenciales fallos son muestra de que la investigación en campo promueve no mantenerse estático. La etnografía multisituada (Marcus, 1995) vino a reafirmar el dinamismo de los contextos de investigación, la movilidad de sus actores y sus cambios no solo de orden físico o territorial sino también simbólicos y el investigador no se puede abstraer de estos cambios. Así es como la práctica etnografíca también requiere de la multiposicionalidad.
La posicionalidad tiene que ver con el autoconocimiento de las condiciones culturales, sociales, históricas, emocionales y psicológicas que definen la identidad de los investigadores de campo, el contacto con la otredad invita a cuestionarlas para que de ahí emerja una interpretación antropológica del contexto estudiado (Okely, 2012).
Posiblemente, la multiposicionalidad se haga más notoria cuando las relaciones sociales dentro del campo se dan a lo largo de cierto tiempo o con una mayor implicación emocional porque eso hace posible la toma de conciencia sobre las formas como nos ven los otros, es vital asumir una mirada etnográfica analítica y crítica del contexto para detectar esos cambios ya que las personas, las relaciones y el entorno en general, cambian con o sin la influencia de los etnógrafos que lo documenten.
A diferencia de la etnografía comprometida, cuando los etnógrafos se insertan como un elemento más en la vida de las personas, nada puede garantizar que los cambios contextuales se den por el efecto de su presencia y producción académica porque nunca se tiene el control dentro del trabajo de campo.
En palabras de Judith Okely “la posicionalidad de los antropólogos tiene una relevancia crucial en términos de como el trabajador de campo se relaciona con las personas que se encuentra y cómo se crea conocimiento a partir de esos encuentros” (2012:36, traducción propia del original), y es que, los ritmos de trabajo de campo y la antropología son asíncronos.
Para Pamela Nilan (2002) la posicionalidad también tiene que ver con la legitimidad de los criterios que definen las instituciones académicas sobre el tipo de conocimiento aceptable en cada campo disciplinar, y destaca que en la antropología hay una mayor aceptación a la construcción teórica desde la reflexividad por la tradición etnográfica que la valida.
La etnografía como parte de un “aprender haciendo” en terrenos más o menos desconocidos y sus potenciales fallos son muestra de que la investigación en campo promueve no mantenerse estático. La etnografía multisituada (Marcus, 1995) vino a reafirmar el dinamismo de los contextos de investigación, la movilidad de sus actores y sus cambios no solo de orden físico o territorial sino también simbólicos y el investigador no se puede abstraer de estos cambios. Así es como la práctica etnografíca también requiere de la multiposicionalidad.
La posicionalidad tiene que ver con el autoconocimiento de las condiciones culturales, sociales, históricas, emocionales y psicológicas que definen la identidad de los investigadores de campo, el contacto con la otredad invita a cuestionarlas para que de ahí emerja una interpretación antropológica del contexto estudiado (Okely, 2012).
Posiblemente, la multiposicionalidad se haga más notoria cuando las relaciones sociales dentro del campo se dan a lo largo de cierto tiempo o con una mayor implicación emocional porque eso hace posible la toma de conciencia sobre las formas como nos ven los otros, es vital asumir una mirada etnográfica analítica y crítica del contexto para detectar esos cambios ya que las personas, las relaciones y el entorno en general, cambian con o sin la influencia de los etnógrafos que lo documenten.
A diferencia de la etnografía comprometida, cuando los etnógrafos se insertan como un elemento más en la vida de las personas, nada puede garantizar que los cambios contextuales se den por el efecto de su presencia y producción académica porque nunca se tiene el control dentro del trabajo de campo.