Ponencia Seleccionada
Cuerpos que habitan, tránsitos que vinculan: mediaciones y metodologías situadas en etnografías urbanas
Este trabajo explora los desafíos implicados en la entrada al campo y la construcción de presencia etnográfica en espacios urbanos altamente complejos. A través de una investigación situada que transita entre prácticas de partería urbana y dinámicas cotidianas en la Central de Abastos de la Ciudad de México, se analiza cómo la interacción, el desplazamiento y la sensibilidad corporal permiten captar dimensiones del campo que desbordan las categorías analíticas tradicionales. Desde una perspectiva antropológica feminista y decolonial, se plantea que la producción de conocimiento no puede desligarse de las relaciones afectivas, materiales y éticas que emergen en estos espacios.
La presencia corporal actúa como un instrumento sensible para reconocer afectos, cuidados, violencias y formas de vida que emergen en el campo, cuestionando la separación moderna entre sujeto y objeto y mostrando que los cuerpos, lejos de ser meros vehículos, funcionan como archivos de memoria, escucha y relación. Se propone comprender cómo el cuerpo de quien investiga: sus afectos, ritmos, cansancios y disponibilidades, se convierte en un punto de acceso para leer dinámicas sociales que no siempre se expresan verbalmente, pero sí se encarnan en gestos, silencios, ritmos y disposiciones corporales que revelan formas de relación y poder difíciles de captar por otros medios (Abu-Lughod, 1990; Haraway, 1988).
En esta clave metodológica situada, la etnografía requiere reconocer las asimetrías de poder que organizan estos territorios y situar la propia vulnerabilidad como un punto de entrada para comprender prácticas de cuidado, reproducción social y sobrevivencia que escapan al registro puramente discursivo: silencios, ritmos, miradas y afectos que configuran un conocimiento situado (Anzaldúa, 1987; Behar, 1996). Así, el campo puede pensarse como un entramado de mediaciones donde el cuerpo de la etnógrafa participa, negocia y se transforma, ofreciendo nuevas claves para comprender la vida social en territorios marcados tanto por desigualdades estructurales como por potencias colectivas, y recordando que producir conocimiento implica también ser afectada, desplazada y situada.
La presencia corporal actúa como un instrumento sensible para reconocer afectos, cuidados, violencias y formas de vida que emergen en el campo, cuestionando la separación moderna entre sujeto y objeto y mostrando que los cuerpos, lejos de ser meros vehículos, funcionan como archivos de memoria, escucha y relación. Se propone comprender cómo el cuerpo de quien investiga: sus afectos, ritmos, cansancios y disponibilidades, se convierte en un punto de acceso para leer dinámicas sociales que no siempre se expresan verbalmente, pero sí se encarnan en gestos, silencios, ritmos y disposiciones corporales que revelan formas de relación y poder difíciles de captar por otros medios (Abu-Lughod, 1990; Haraway, 1988).
En esta clave metodológica situada, la etnografía requiere reconocer las asimetrías de poder que organizan estos territorios y situar la propia vulnerabilidad como un punto de entrada para comprender prácticas de cuidado, reproducción social y sobrevivencia que escapan al registro puramente discursivo: silencios, ritmos, miradas y afectos que configuran un conocimiento situado (Anzaldúa, 1987; Behar, 1996). Así, el campo puede pensarse como un entramado de mediaciones donde el cuerpo de la etnógrafa participa, negocia y se transforma, ofreciendo nuevas claves para comprender la vida social en territorios marcados tanto por desigualdades estructurales como por potencias colectivas, y recordando que producir conocimiento implica también ser afectada, desplazada y situada.